Cazadores, pescadores y Las semanas del jardín (I)

enero 27, 2008 § 4 comentarios

Hace uno días citaba Joaquín Rodríguez la clasificación que Màrius Serra propone entre lectores cazadores y lectores pescadores, que trata de distinguir entre la lectura como búsqueda, propia de un entorno como éste, y la lectura como espera, aquella que surge frente al libro en papel. La diferencia entre ambas no es sólo cuestión de objetivos, también su desarrollo es desigual: la cazadora (y recolectora, añade Joaquín Rodríguez) es “sincopada y fragmentaria”, la pescadora “serena, continua, recogida”.

Visto así también cabría, consecuencia lógica, clasificar las escrituras. De esto hablaré con algún argumento y con más tranquilidad, porque uno se pregunta, cuando lee, qué factores condicionan un estilo, y quizás en algo tenga que ver no sólo qué se lea sino cómo se haga.

En mi caso, cada vez estoy más convencido de que el binomio lectura+escritura es imprescindible para aprovechar la primera. Todo aquello que no registro, es más, que no leo con ánimo de registrar, se me pierde. Por eso me gusta Sánchez Ferlosio, porque me obliga a ello, vivo incómodo si no lo hago, le oigo decir: entonces, para qué coño me lees. Aunque dudo que utilizara el coño.

Registro: Las semanas del jardín. El caso Basarov. Un breve apéndice sobre el naturalismo de la novela de representantes y su “pecado poético”, apartarse de la literalidad, de la experiencia en cuanto tal, para convertir a los personajes en categorías. Se produce así el fenómeno de la “proyección ordálica del contenido”, en el que cada personaje ya no se representa a sí mismo y basta (como sería propio de una estética realista), sino que adquiere un sentido prefijado. Critica así este tipo de novelas, comunes en el realismo socialista y tan contradictorias con aquello que pretendían.

El caso Basarov prende en Sánchez Ferlosio, supongo que tras mecha acumulada, de la lectura de Padres e hijos, Turguenev. Lectura bien aprovechada.

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Perec. El salto en paracaídas (I)

enero 20, 2008 § 1 comentario

–    ¿Perec?
–    Quiero decir algo… Creo que, al final de la reunión, me gustaría tomar la palabra y contar una historia.
–    Entonces, cuente la historia, querido amigo. Hable ante el micro, un poco más…, ahí.
–    ¡Pero sólo cuando esto haya acabado y los demás no tengan nada más que decir!
–    ¿Qué es lo que se propone?
–    Creo que es algo bastante peculiar. Quisiera hablarles… me parece que… al principio les va parecer muy lejano, pero me parece que en realidad es muy cercano…
–    Pues venga, ¡eso es la dialéctica! [risas]
–    …y está relacionado con todo lo que hemos dicho esta tarde. Es una experiencia muy personal, la cuento porque estoy un poco…, porque he bebido un poco. Quisiera hablar de un salto que di. Al principio parece que no hay ninguna relación entre un salto en paracaídas y una discusión entre intelectuales. Y, efectivamente, no la hay. Sencillamente, si consigo transmitirles mis sensaciones en este momento…, los recuerdos de un salto en paracaídas que hice hace tiempo…, me parece que todos veremos que hay ciertos puntos comunes, aunque por ahora no puedo definirlos, pero creo que se van a definir de alguna manera. Así que comienzo.

Estamos en un campo de aviación. Hay unos cuantos paracaidistas. Sólo que no deberíamos entender lo de “paracaidista” en el sentido que se le da hoy; pensemos solamente que entre todos esos paracaidistas hay un paracaidista que soy yo, George Perec [risitas incómodas], es decir, alguien que tiene cierta buena voluntad, gusto por la vida y algunas dificultades que es capaza de resolver o piensa resolver exactamente en la medida en que consiga franquear todas las etapas que se requieren para saltar. Hay varios aviones dando vueltas por la pista que hacen un ruido enorme. La espera se hace tremendamente larga. Todos experimentamos una especie de decepción debido a que, mientras esperamos, muchísima gente está pasando antes que nosotros –es decir hay muchísima gente que se está arriesgando antes que nosotros- y no podemos probar que también damos la talla. Nosotros sencillamente esperamos, fumamos un cigarrillo, vamos a mear, porque siempre se mea en las ocasiones así, y justo un momento después… Si alguien no está interesado, dado que me parece una completa gilipollez lo que estoy contando, me gustaría que me interrumpiese y dijese que esto no tiene ninguna relación [protestas], pero en fin, si nadie lo hace, sigo. Vamos a mear y después, en un momento determinado, dan una orden: “a los aparatos”.

El fútbol y Mendoza

enero 16, 2008 § 6 comentarios

“Y para no pecar de modesto, acabo mencionando dos motivos de orgullo: no haber fallado ni un lunes y no haber utilizado ni una vez el fútbol como metáfora de la vida.”

Así se despidió Eduardo Mendoza hace dos semanas en su columna de El País. Por contrato supongo que no podía faltar su texto ningún lunes, pero, como actitud, no utilizar el fútbol como metáfora de la vida sí me parece destacable. Sobre todo para un columnista. Ni fútbol, ni guerra, ni mar. Ningún síntoma de pereza en 1840 caracteres. Y en cuanto vean una anáfora escriban una carta al director.

On bullshit, Frankfurt

enero 13, 2008 § 3 comentarios

On Bullshit

Señalar con el dedo y definir. Eso es lo que pretende Harry G. Frankfurt en su libro On bullshit, denunciar “uno de los rasgos más destacados de nuestra cultura”: la charlatanería.

Distinta de la paparrucha, la cháchara o la mentira, con quien las compara, la esencia de la charlatanería se encuentra, según él, en la “ausencia de interés por la verdad”. Una despreocupación que irrita a Frankfurt: “no rechaza la autoridad de la verdad, como hace el embustero, ni se opone a ella. No le presta ninguna atención en absoluto. Por eso la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira.”

Un discurso, el del charlatán, cuyo fin no es engañarnos sobre los hechos, sino sobre su propósito: “el orador intenta que sus palabras transmitan una determinada impresión de sí mismo […] Lo que le importa es lo que el público piense de él.”

Una actitud que aparece “siempre que las circunstancias exigen de alguien que hable sin saber de qué está hablando”, y cuya proliferación contemporánea tiene también raíces “en las diversas formas de escepticismo que niegan que podamos tener acceso seguro alguno a una realidad objetiva”, que ha traído como consecuencia la pérdida de confianza en el ideal de “corrección” para refugiarse en uno alternativo, el de la “sinceridad”. Algo grave, según Frankfurt, porque ya no tratamos de “lograr representaciones precisas de un mundo común a todos” sino de obtener representaciones sinceras de uno mismo. Y un error, porque: “los hechos que nos conciernen no son especialmente sólidos y resistentes a la disolución escéptica. Nuestras naturalezas son, en realidad, huidizas e insustanciales”. Para concluir que, “siendo ése el caso, la sinceridad misma es charlatanería.”

Quizás las páginas más interesantes, Frankfurt se calienta a medida que avanza el breve ensayo, son las tres o cuatro últimas, en donde se pregunta por qué hay tanta charlatanería, y cuya justificación he intentando resumir a través de sus citas en el párrafo anterior. Sin embargo, es también aquí cuando, creo (atrevimiento o beso), no afina al incluir entre la charlatanería esa “convicción de que en una democracia todo ciudadano tiene la responsabilidad de opinar sobre cualquier cosa”. Es verdad que carga, sobre todo, contra quienes se arrogan la figura de agentes morales, pero tal vez descuida su propia definición porque, en definitiva, cuando opinamos sobre las células madre, pese a nuestro desconocimiento científico, el objetivo no es el de engañar sobre nuestro propósito, sino más bien el de ordenar nuestro caos.

Y para terminar, una intención que me ha gustado leer: “debería ser posible decir algo de utilidad, aunque no fuera decisivo”. El mientras tanto en el debate.

La segunda parte en breve. Además, ¡este hombre también escribe sobre el amor!

Recortes

enero 13, 2008 § 1 comentario

Zapato de mujer El Mundo

Zapato de mujer El Pa�s

1) Coincidencia de tema (zapatos) y enfoque (contrapicado): la primera es de Carlos Barajas para El Mundo, la segunda de Álvaro García para El País. Ambas ilustran, en cada periódico, la información sobre la precampaña de Rajoy. Ayer tocaba hablar sobre mujeres. ¿Modernas o clásicas las trabajadoras del PP?

2) Un personaje que tendrá tag entre las flores: Guaino, el redactor de los discursos más importantes de Sarkozy. Aparece en el libro de Reza sobre el Presidente francés, un perfil del mismo cuando todavía era candidato. Corto y pego de El País:

“¿Qué poción ha alelado a Nicolas Sarkozy y Henri Guaino para escribir cincuenta y tres veces la palabra amor en un discurso de apenas treinta páginas? ¿Para escribir la juventud es la promesa de los comienzos, de los soles que se levantan sobre los mundos dormidos? ¿Qué estado de fatiga inmensa ha podido conducirles a esta formidable necesidad de amor que debe poner en marcha al mundo? Sin mencionar las discretas borlas de Tenéis suerte de ser jóvenes, porque la juventud es la libertad o No ser capaz de compartir el amor es condenarse a estar siempre solo. ¿Qué ha sucedido para que dos hombres, hasta entonces felizmente inspirados juntos, redacten, haciendo caso omiso de toda contención y lucidez, este sermón arrullador?”

3) Llordi Llovet, en Babelia, sobre la escritura: “se trata de la sintaxis, la construcción y la eufonía, eso es todo; el contenido es casi secundario”.

4) El Mundo inicia hoy una colección sobre discursos de políticos. La primera figura, Kennedy.

Aunque estas flores, atentas al género, habían localizado ya un libro de la editorial Leqtor.

Avances de lo que serán algunas líneas.

Ángel González

enero 12, 2008 § 1 comentario

No el dolor verdadero,
que enmudece;

sino esa sutil forma de tristeza
que no es apenas nada
más que ausencia de dicha.

Cambio

enero 5, 2008 § 3 comentarios

Comenta Pessoa que viviendo de nosotros mismos nos disminuimos. Por si acaso es cierto, creo que ha llegado la hora de arrancar e invertir más tiempo tanto en este proyecto como en otros.

Un vicio que adquiriré por aquí será el de fijarme en los discursos políticos. Como por ejemplo el que estos días se alimenta entorno a la palabra cambio. Change. Un concepto clave para muchos.

Una palabra, en realidad, que cada cuatro años cambia de manos y de sentido. En las pasadas elecciones quien la incluyó en uno de sus eslóganes fue Bush: “Steady leadership in times of change”. Esta vez es Obama quien se sirve de ella en las primarias demócratas: “Change we can believe in”.

Quizás lo significativo sea comprobar cómo el análisis de Lakoff sobre los valores que desprenden las metáforas del padre estricto y del padre protector, que configuran los frentes de la política americana (republicanos/demócratas), coincide con la connotación que la palabra cambio nos sugiere en cada caso.

En el primer contexto (“Steady leadership in times of change”) se apelaba a la seguridad frente a la incertidumbre del cambio; en el segundo (“Change we can believe in”) se destaca la oportunidad que supone la esperanza del mismo.

La estrategia que Mark McKinnon ideó para la campaña de Bush contribuyó a la victoria de éste. Y él mismo destaca el anterior mensaje como uno de los más acertados (“La campaña «Tiempos de cambio» surtió efecto.”). Mckinnon trabaja ahora para McCain y considera que su cliente y Obama formarían la pareja perfecta para renovar la ilusión del electorado. Por ahora McCain no ha entrado en liza, y todavía es pronto, según parece, para decir que Obama es el favorito entre los demócratas. Pero aún resta algún post más sobre ellos. Será interesante, por ejemplo, comentar el retrato que Foster Wallace escribió sobre McCain. En breve.

¿Dónde estoy?

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