Perec. El salto en paracaídas (I)

enero 20, 2008 § 1 comentario

–    ¿Perec?
–    Quiero decir algo… Creo que, al final de la reunión, me gustaría tomar la palabra y contar una historia.
–    Entonces, cuente la historia, querido amigo. Hable ante el micro, un poco más…, ahí.
–    ¡Pero sólo cuando esto haya acabado y los demás no tengan nada más que decir!
–    ¿Qué es lo que se propone?
–    Creo que es algo bastante peculiar. Quisiera hablarles… me parece que… al principio les va parecer muy lejano, pero me parece que en realidad es muy cercano…
–    Pues venga, ¡eso es la dialéctica! [risas]
–    …y está relacionado con todo lo que hemos dicho esta tarde. Es una experiencia muy personal, la cuento porque estoy un poco…, porque he bebido un poco. Quisiera hablar de un salto que di. Al principio parece que no hay ninguna relación entre un salto en paracaídas y una discusión entre intelectuales. Y, efectivamente, no la hay. Sencillamente, si consigo transmitirles mis sensaciones en este momento…, los recuerdos de un salto en paracaídas que hice hace tiempo…, me parece que todos veremos que hay ciertos puntos comunes, aunque por ahora no puedo definirlos, pero creo que se van a definir de alguna manera. Así que comienzo.

Estamos en un campo de aviación. Hay unos cuantos paracaidistas. Sólo que no deberíamos entender lo de “paracaidista” en el sentido que se le da hoy; pensemos solamente que entre todos esos paracaidistas hay un paracaidista que soy yo, George Perec [risitas incómodas], es decir, alguien que tiene cierta buena voluntad, gusto por la vida y algunas dificultades que es capaza de resolver o piensa resolver exactamente en la medida en que consiga franquear todas las etapas que se requieren para saltar. Hay varios aviones dando vueltas por la pista que hacen un ruido enorme. La espera se hace tremendamente larga. Todos experimentamos una especie de decepción debido a que, mientras esperamos, muchísima gente está pasando antes que nosotros –es decir hay muchísima gente que se está arriesgando antes que nosotros- y no podemos probar que también damos la talla. Nosotros sencillamente esperamos, fumamos un cigarrillo, vamos a mear, porque siempre se mea en las ocasiones así, y justo un momento después… Si alguien no está interesado, dado que me parece una completa gilipollez lo que estoy contando, me gustaría que me interrumpiese y dijese que esto no tiene ninguna relación [protestas], pero en fin, si nadie lo hace, sigo. Vamos a mear y después, en un momento determinado, dan una orden: “a los aparatos”.

Cortázar en jazz

junio 21, 2007 § 2 comentarios

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“En Ginebra de día está la oficina de las Naciones Unidas pero de noche hay que vivir y entonces de golpe un afiche en todas partes con noticias de Thelonius Monk y Charles Rouse, es fácil comprender la carrera al Victoria Hall para fila cinco al centro, los tragos propiciatorios en el bar de la esquina, las hormigas de la alegría, las veintiuna que son interminables las diecinueve y treinta, las veinte, las veinte y cuarto, el tercer whisky, Claud Tarnaud que propone una fondue, su mujer y la mía que se miran consternadas pero después se comen la mayor parte, especialmente el final que siempre es lo mejor de la fondue, el vino blanco que agita sus patitas en las copas, el mundo a la espalda y Thelonius semejante al cometa que exactamente dentro de cinco minutos se llevará un pedazo de la tierra como Héctor Servadac, en todo caso un pedazo de Ginebra con la estatua de Calvino y los cronómetros Vacheron & Constantin.”

Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos.

Adapta tema y ritmo.

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