On bullshit, Frankfurt

enero 13, 2008 § 3 comentarios

On Bullshit

Señalar con el dedo y definir. Eso es lo que pretende Harry G. Frankfurt en su libro On bullshit, denunciar “uno de los rasgos más destacados de nuestra cultura”: la charlatanería.

Distinta de la paparrucha, la cháchara o la mentira, con quien las compara, la esencia de la charlatanería se encuentra, según él, en la “ausencia de interés por la verdad”. Una despreocupación que irrita a Frankfurt: “no rechaza la autoridad de la verdad, como hace el embustero, ni se opone a ella. No le presta ninguna atención en absoluto. Por eso la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira.”

Un discurso, el del charlatán, cuyo fin no es engañarnos sobre los hechos, sino sobre su propósito: “el orador intenta que sus palabras transmitan una determinada impresión de sí mismo […] Lo que le importa es lo que el público piense de él.”

Una actitud que aparece “siempre que las circunstancias exigen de alguien que hable sin saber de qué está hablando”, y cuya proliferación contemporánea tiene también raíces “en las diversas formas de escepticismo que niegan que podamos tener acceso seguro alguno a una realidad objetiva”, que ha traído como consecuencia la pérdida de confianza en el ideal de “corrección” para refugiarse en uno alternativo, el de la “sinceridad”. Algo grave, según Frankfurt, porque ya no tratamos de “lograr representaciones precisas de un mundo común a todos” sino de obtener representaciones sinceras de uno mismo. Y un error, porque: “los hechos que nos conciernen no son especialmente sólidos y resistentes a la disolución escéptica. Nuestras naturalezas son, en realidad, huidizas e insustanciales”. Para concluir que, “siendo ése el caso, la sinceridad misma es charlatanería.”

Quizás las páginas más interesantes, Frankfurt se calienta a medida que avanza el breve ensayo, son las tres o cuatro últimas, en donde se pregunta por qué hay tanta charlatanería, y cuya justificación he intentando resumir a través de sus citas en el párrafo anterior. Sin embargo, es también aquí cuando, creo (atrevimiento o beso), no afina al incluir entre la charlatanería esa “convicción de que en una democracia todo ciudadano tiene la responsabilidad de opinar sobre cualquier cosa”. Es verdad que carga, sobre todo, contra quienes se arrogan la figura de agentes morales, pero tal vez descuida su propia definición porque, en definitiva, cuando opinamos sobre las células madre, pese a nuestro desconocimiento científico, el objetivo no es el de engañar sobre nuestro propósito, sino más bien el de ordenar nuestro caos.

Y para terminar, una intención que me ha gustado leer: “debería ser posible decir algo de utilidad, aunque no fuera decisivo”. El mientras tanto en el debate.

La segunda parte en breve. Además, ¡este hombre también escribe sobre el amor!

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